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Biografía

1949
La mitad de mi código genético estaba desde su nacimiento en un óvulo de mi madre, la otra mitad, desde finales de agosto de 1949 en un espermatozoide de mi padre. Fruto de una relación sexual entre ellos, a finales de agosto o primeros de septiembre, fui.

1950
Salí de mi madre sobre las 12 horas del dos de junio de 1950, un viernes, en Sevilla, en un piso alquilado por mis padres en el número 8 de la calle de Juan de Oviedo. Según me contaba mi madre, la comadrona no encontró manera de hacerme llorar.
El piso mencionado, tenía una azotea común desde la que sin el menor obstáculo se veía el cine Ideal, un cine de verano, por lo que muy poco después de nacer, empecé a ver películas.Este año de mi nacimiento, fue también el de la primera emisión de televisión en color en EEUU, el año en que se fundó SEAT, el del reconocimiento del Gobierno español por parte de EEUU, el del viaje inaugural del Talgo y el comienzo de la Guerra de Corea, veintitrés días después de nacer yo.

1951
Hacia el año de vida, parece ser que construía frases de cierta complejidad, pues las amigas de mi madre le decían -Robledito (se hacía llamar Robledo), llévate a tu hijo, que nos da miedo cómo habla-

1952
El 52 fue un año accidentado, primero el que luego sería uno de mis grandes amigos, Manuel Pozo López, me hizo una herida en la frente cuya cicatriz si bien no muy ostentosa, tan solo ha sido disimulada con las primeras arrugas.
Poco después, me senté en un brasero y tuve que visitar por primera vez un hospital.
Siempre he mantenido el recuerdo vago del rechazo de las amigas de mi madre. Sí recuerdo con cierta nitidez estar en brazos de mi madre en la azotea viendo una película del cine Ideal a la que yo no prestaba apenas atención puesto que lo interesante en ese momento era ver la calle desde la azotea.

1953
Un año trascendental,hacia final de año, nos mudamos a un piso en el número 4 de la Calle de Lumbreras. Era un piso viejo, de techos altos con vigas vistas; dos habitaciones, un comedor, una cocina y un retrete en la planta baja, compartido con el otro piso de la casa, pero, un antro tan oscuro, sucio y lleno de arañas, que tan solo lo usábamos para guardar trastos inútiles. La vivienda era muy fría en invierno, las paredes desconchadas mostraban casi medio centímetro de capas de diferentes pinturas. Pero, una planta más arriba, cada uno de los dos pisos disponía de su azotea (terrado), y… ese era "mi territorio". Allí en las cálidas noches de verano descubrí las estrellas, el Universo, asumí que un día moriría y las estrellas continuarían allí y… ya nada fue simple para mi mente.
El 7 de enero de este año, mi hermano Jesús, había ingresado en La Hispano Aviación, S.A. una Fábrica Militarizada de Aviones de Combate. Allí estudió para Fresador. Con el tiempo llegó a ser un gran fresador y magnífico delineante.

1954
El 4 de febrero nevó.
A mí me pilló con sarampión, en la cama, con las ventanas cerradas y la luz de la bombilla tamizada con un celofán rojo. Esa era la costumbre con dicha enfermedad.
No obstante, encontraron unos minutos para que pudiese subir a la azotea, donde uno de mis hermanos había modelado el típico muñeco de nieve.
En junio cumplí cuatro años, ya tenía mas o menos clara mi ubicación familiar. Mi padre, Francisco era un hombre bajo y recio, de difícil carácter y cargado de tics cuando estaba nervioso, que solía ser a menudo. Descendiente de pequeños burgueses lebrijanos y utreranos, había venido a menos y trabajaba de mecánico en la Fábrica de Tabacos, donde era conocido como "Bustamante el mecánico" haciendo servir su segundo apellido.
Mi madre, Exaltación de la Cruz (se hizo llamar Robledo por la virgen de ese nombre durante gran parte de su vida) fue hija mimada, había sido muy guapa y sin dejar de serlo, había ganado peso. También había venido a menos, con antepasados alcaldes de Marbella y otros que murieron sin decir a nadie donde habían enterrado tinajas llenas de oro.
Mi hermano Francisco (Paquito para todos menos para mí, que siempre le he llamado Paco) es catorce años mayor que yo. Es noble y sencillo, siempre dispuesto a ayudar sin pedir nada a cambio y además alegre y animoso.
Mi hermano Jesús era trece años mayor que yo. Sumamente inteligente pero complejo en sus pensamientos, la familia para él era lo primero; buscó la suerte de muchas maneras y le fue esquiva.
Mi abuela, Belén (madre de mi madre) vivió con nosotros (era viuda) casi todo el tiempo hasta su muerte. Era una mujer de aspecto adusto, pero había sido divertida y risueña. La pérdida de un hijo y el marido la habían sumido en un lamento diario. Sus suspiros…-¡Ay, mi Manuel! o ¡Ay, mi Joaquín!- y sus palmatorias encendidas el día de difuntos, me enfrentaron con el concepto de la muerte y aunque ahora sé que la quería mucho, en vida nos llevamos como perro y gato.
Este era el núcleo familiar.
En septiembre acudí por primera vez (no muy voluntariamente) al colegio, un parvulario regentado por la señorita Pirri en la calle de Faustino Álvarez. La recuerdo con afecto. El colegio en sí, constaba de un par de clases con diferentes grupos de edad, un patio y un despacho al fondo. En aquel despacho nos hicieron las fotos típicas (ya entonces) a comienzos de curso.
Aprendí a leer con sorprendente rapidez, la señorita Pirri estaba asombrada. También comprendí por primera vez que yo era diferente a los demás niños. Mientras ellos jugaban al escondite o al pilla-pilla, yo me situaba bajo un porche algo elevado y les observaba minuciosamente. A veces pensaba que debía integrarme en sus juegos para no parecer altivo, pero era mucho más interesante observarles que participar.
Cierto día, nos sacaron a la acera no sé por qué motivo y… de veras, me pareció ver a mi madre perderse por la esquina, así que corrí a buscarla. Doblé la esquina y no la vi, así que corrí hasta la esquina siguiente y al fin, acabé en casa. Constó como que me había "escapado" del colegio, pero supongo que por aquello de quién era responsable, no pasó nada.
Llegó la Navidad. Mi madre, para la cena de Nochebuena preparó durante toda su vida un guisado de carne de buey al que dedicaba muchas horas de preparación y no he probado ninguno igual. Por Navidad muchas veces íbamos al Cerro del Águila a comprar un gran pavo para Nochevieja. En Nochevieja, como no había televisión, nos resultaba imposible aguantar el sueño, así que a las diez y poco, mi madre se encargaba de "tocar las campanadas" golpeando una cacerola con una cuchara y tras las uvas, a dormir.

1955
Los primeros meses del año eran terriblemente fríos. Recuerdo que me acurrucaba en la cama y no había manera de calentar las sábanas. En los días más crudos del invierno, mi madre me ponía un ladrillo refractario calentado previamente en el brasero, pero ni aún así.
Con la primavera, Sevilla se llenaba de olor a azahar, ese recuerdo nunca se borra.
Cumplir cinco años y coger las primeras vacaciones escolares fue todo uno. Aquel año como otros varios, fuimos de vacaciones a Cádiz… Cádiz-Sevilla, Sevilla-Cádiz ¿cual mejor?. Dos de mis debilidades.
El mundo se ensanchaba a mi alrededor. En los bajos de casa, estaba la tienda de alimentación de Angelito. Yo bajaba casi a diario con dos pesetas a comprar "una onza" de chocolate; con el pan, era mi merienda.
Al otro lado del portal había una carnicería donde de tanto en tanto, hacían chicharrones; el olor delicioso subía por la escalera.
En frente estaba el cuartel de la Policía Armada, la vivienda del Teniente Coronel al mando y un centinela siempre alerta. A veces, de un cuartel cercano bajaba un destacamento de caballería haciendo sonar trompetas y tambores, me encantaba.
Un poco más allá estaba la tortería-lechería de María, con sus olores dulzones, el Bar Andalucía, una churrería donde hacían los churros más deliciosos que yo haya probado y frente a la churrería y volviendo hacia casa, el Corral de los Chícharos, una vivienda comunal; la pescadería, de fresco por la mañana y deliciosos fritos por la noche y en la calle Jesús del Gran Poder, en la manzana de mi casa, la carbonería. Luisa, la carbonera, me tenía perplejo; yo adivinaba que debajo de aquella capa permanente de carbón, había una cara. Ella nos proveía de carbón y el más barato picón para el brasero.
Volviendo a casa, en la puerta se instalaba cada mañana la vendedora de periódicos. Yo bajaba cada día a por el ABC.
De mi amigo Manuel Pozo ya he hablado y volveré a hacerlo. En los primeros años en la calle de Lumbreras, mi gran amigo fue Paquito, Francisco Cornejo Rodríguez, del que guardo un muy buen recuerdo, el de un niño alegre y bondadoso que además quería y protegía a su hermano algunos años más pequeño.
Yo había nacido porque mi madre quería una niña dando por descontado que las mujeres cuidan de sus madres cuando envejecen y los hombres no.
Como no fui la niña que esperaban, lo volvieron a intentar. Mi madre quedó embarazada hacia finales de 1954. Todo parecía ir bien, pero una noche hubo mucho revuelo en casa, mis padres fueron en ambulancia al hospital.
Mi madre se había pasado de fecha del parto, el bebé era enorme, con vello como si tuviese medio año y murió antes de nacer. Mi madre tenía eclampsia y todo esto dejó secuelas para toda su vida que siempre disimuló con bastante efectividad.

1956
Ahora las noches no solo eran frías, sino también pavorosas. Un día, una "criada" me llevó a ver la película de Frankestein y al poco tiempo, me vinieron los miedos nocturnos y la sensación de "presencias" extrañas. Bien es verdad, que por orgullo o lo que fuese, no quería reconocerlo y me limitaba a llevarme a la cama palos para defenderme; llegué a dormir con media docena de palos todos diferentes.
En los días cálidos, me encantaba retozar en la cama hasta las tantas con la ventana abierta tan solo unos centímetros, lo que hacía el efecto de cámara oscura y veía las siluetas invertidas (cabeza abajo) de la gente que pasaba por las calles. También me entretenía arrancando capitas de pintura de las paredes (caliches), así que tenía las paredes hechas un desastre.
Puesto que ya leía con soltura, cada día me leía el ABC de punta a punta, hasta los anuncios y en general, leía cualquier escrito que cayese en mis manos.
Había más familia, mis abuelos paternos, Francisco y Carmen a los que mi madre y mis hermanos, que los detestaban, llamaban despectivamente "los cañoños" , mis tíos Pepe Luis y Rosario y mis primos Julio, otro del que lo siento, pero no recuerdo el nombre y sobre todo, mi prima Mª Carmen. Yo, que ya no me dejaba "convencer" por apreciaciones ajenas, no participaba de la animadversión de mi madre y me hacía mucha ilusión ver pasar a mis abuelos por la calle o visitar a mi prima a la que quería como si fuese mi hermana. Ya hablaré de cómo se perdió el contacto con esta parte de la familia.
Por la otra parte estaba sobre todo el hermano de mi madre Julio. Vivía en Almería y era Guardia Civil, profesión que hasta él y después hasta uno de sus hijos, habían seguido tradicionalmente en la familia desde (decían) que se fundó la Benemérita. Mi tío había participado en un tiroteo con un famoso bandolero (creo que Pernales) y desde luego era un hombre valeroso. Ya de adolescente, se sumergía en las aguas de la bahía de Cádiz y reaparecía al cabo de varios minutos con un pez en cada mano y otro en la boca. También durante la Guerra Civil dio muestras de arrojo. Le pilló en una zona leal a la República y fue hecho prisionero junto con otros Guardias, entre ellos, su suegro. Les confinaron en las bodegas de un barco anclado frente a Cartagena y al cabo de un par de días, les iban llamando de dos en dos "para limpiar las bodegas". Cuando nombraron a su suegro, mi tío juntó bidones de gasolina y con un mechero amenazó con incendiar el barco si no volvían los dos primeros que habían salido (evidentemente no podían volver del otro mundo) y así consiguieron el tiempo suficiente para que un ataque de la aviación franquista les diese la oportunidad de escapar que no desaprovecharon.
En la costa fueron capturados de nuevo y llevados al frente como "carne de cañón" es decir, situados en primera línea y vigilados por detrás para que no escapasen. Pero escapó llevándose a su suegro a cuestas. Recorrieron media España por los montes alimentándose de frutos silvestres, bayas y cortezas, hasta que consiguieron enlazar con los de su bando.
Pero no es toda la historia, a mi abuela le pilló la guerra en zona republicana. Metió en un baúl los uniformes y armas de mi abuelo y de mi tío y con esta peligrosa carga deambuló hasta recalar en Huércal-Overa, donde trabajó confeccionando banderas republicanas pero sin deshacerse del equipaje. Cuando acabada la contienda, mi abuelo fue a buscarla llevándole comida porque pensaba que habría pasado hambre, mi abuela no solo le mostró el dichoso baúl, sino la despensa llena de jamones, chorizos y demás. No era pusilánime mi abuela, no.
En este año asistí a la boda de una pariente en la cercana localidad de La Rinconada. Para ser la primera boda a la que asistía, fue muy curiosa. En los días anteriores había llovido con intensidad y los campos eran un lodazal infernal. La novia vivía en las afueras del pueblo y allí fuimos. Salió con su impoluto vestido blanco de larga cola que fue arrastrando por todo el barro hasta llegar a la iglesia. Sus pies se hundían en el barro y le costó un ímprobo esfuerzo realizar la travesía. Y a mí, me dejó un recuerdo imborrable.

1957
¡Dios mio… está lleno de estrellas!
Como Bowman en 2001, sobre esta época "descubrí" el Universo. Como un ritual, en los días calurosos, yo subía a media tarde a regar el terrado dejándolo fresquito para la noche. En cuanto se ponía el sol, subíamos y extendíamos unas mantas en el suelo, un búcaro (botijo), "pescaíto" frito y bebidas recién sacadas de la nevera (de las de hielo en barra). La cena era un gran momento del día, aunque mis hermanos no solían estar. Después de cenar, nos tumbábamos y hablábamos mientras contemplábamos el cielo densamente estrellado (aún se veían las estrellas en las ciudades). Cada estrella un sol (como mínimo) tal vez un sistema de planetas, tal vez otros seres pensantes que quizá miraron alguna vez en mi dirección. Tan lejanos sin embargo, que jamás llegaríamos a contactar unos con otros… o… tal vez si.
Tendría yo eso, unos siete años, cuando como un juego de la imaginación elaboré una historia según la cual, un gran asteroide acondicionado como nave interestelar, se había aproximado a nuestro Sistema; después de estudios pormenorizados, me habían "implantado" en mi madre y así había nacido yo, que en realidad era un "informador". No digáis que no me sentía ya un poco ajeno a este mundo.
Incluso me inventé un supuesto mercante, el Braven Héad que el 17 de agosto de 1949 habría atracado en el muelle de Sevilla y en un habitáculo camuflado habría llevado el embrión.
En verano, mi padre me llevó con sus compañeros del sindicato a visitar las ruinas de Itálica. Era la primera vez que hacíamos una excursión sin mi madre y sentí todo el día cierta añoranza, me pasé todo el rato tarareando la canción Only You de The Platters. Pero Itálica me impresionó. Había habido una civilización antes de la barbarie actual.
Mi madre me llevó a la Academia San Javier, en la Calle Martínez Montañés, esquina con Gayangos, una casa que tenía una columna integrada en la esquina, para que estudiase el bachillerato. La escuela disponía de tan solo dos aulas; una para los mayores y otra que abarcaba desde los que estudiaban para el ingreso en el bachillerato hasta los que se preparaban para la reválida de cuarto. Esta última clase, donde pasaría algunos años, era bastante alargada, los pupitres estaban distribuidos cuatro asientos a la derecha y cuatro a la izquierda, con el pasillo en medio por donde don José (uno de los socios propietarios) que solía llegar casi a la una, hora de salir, pasaba arreando sopapos a diestro y siniestro a los que pillaba distraídos de sus deberes. Este hombre era inteligente y tenía sus coletillas, cuando alguien ponía una excusa, don José le espetaba: no quiero yo penseque, yo creique o yomeimagineque. También solía asombrarse ante los revoltosos: ¡el ínclito! o ¡el andova!, calificativos bastante antagónicos.
Don José Fortuny Rodríguez ya mencionado y don Eduardo Patiño eran los socios. Más tarde llegó don José Calonge Revuelto.
Don Eduardo era el profesor de matemáticas y en mi curso estaba su hijo, también Eduardo, al que su padre no permitía el más mínimo error en matemáticas y cuando incurría en uno, por leve que fuese, le levantaba del suelo cogiéndole por las patillas.
Los don José, se dedicaron al resto de asignaturas y como es natural, dada la mezcla de cursos, aquello era un galimatías.
Como cosa curiosa, recuerdo que en la cabecera de la clase, junto a la mesa del profesor, había una fuente
Mi padre compró una radio, una Telefunken Gran Vals 57, un bonito aparato lleno de botones y diales. Me encantaba buscar emisoras que hablaban idiomas extraños e incluso, escuchar el chisporroteo estático o las transmisiones en morse o aquel -¡Aquí Radio Andorra!… emisora del Principado de Andorra- de una locutora con voz característicamente chillona.
Mi juego favorito era con soldaditos de goma. Sobre todo romanos y de la II Guerra Mundial. Distribuir los muñecos por todos los rincones del terrado y desarrollar una batalla, me podía llevar varios días y… si bien me identificaba con un bando (romanos frente a bárbaros y alemanes frente a aliados) no solía hacer trampas, con lo cual mi bando perdía "a veces". Mi fascinación por los romanos perdura. La otra desapareció "casi" por completo cuando volví a nacer (pero esa historia ya llegará).
Mi padre también me llevaba a visitar Museos. El de arqueología y el de Bellas Artes me encantaban. Al de Bellas Artes empecé a ir solo, a partir de los 9 años. Los porteros acabaron por conocerme, aunque al principio recelaban de un niño que iba solo al museo.
También me encantaba la música, sobre todo la música clásica y por encima de todo, el Bolero, de Ravel. Si estaba jugando en la azotea y emitían el Bolero por la radio, mi madre me llamaba y yo bajaba corriendo a escucharlo extasiado.
Cualquier libro me encantaba, leí por primera vez el Quijote y mi padre me traía, del sindicato, un tomo de una enciclopedia, El Tesoro de la Juventud, que leía a toda prisa. Cuando terminaba un tomo, mi padre me traía el siguiente.
Otra cosa que me gustaba mucho era meterme en invierno bajo el faldón de la mesa camilla y pasar largas horas allí calentito. Como no sabía que eso era muy peligroso, nunca me pasó nada. En realidad, cuando me dolía la cabeza por los gases nocivos, sacaba la nariz para respirar aire menos viciado.

1958
La noche de Reyes cada año, mis padres salían muy tarde a pasear. En realidad cenaban pescaito frito y después iban de compras. Las tiendas estaban abiertas hasta el amanecer.
Este año hice por permanecer despierto aunque haciéndome el dormido cuando llegaron y así les ví depositando juguetes. Me ponían regalos en la cama, en el comedor, en rincones por la otra habitación y la cocina. Una exageración de regalos. El descubrimiento de aquella noche no hizo sino confirmar algo que yo suponía, los Reyes, eran los padres. Pero durante años, fingí no saberlo para no quitarles la ilusión.
Hablando tiempo después me dijeron que les sorprendía y entristecía que aunque yo demostraba alegría, no era mucha. La verdad era que me alegraba, pero tenía muchos amigos a los que solo les llevaban un regalo, a veces ropa o unos zapatos y a algunos, simplemente, nada.
Cuando yo veía tantos regalos, indefectíblemente pensaba en estos amigos y me entristecía.
De hecho, facilitaba que algunos se llevasen algún juguete a escondidas y con eso me creaba un conflicto ético, me sabía mal facilitar que alguien hiciese algo que estaba mal. Yo era, soy, muy rebuscado.
Sobre este año, mis padres en la noche de Reyes estuvieron buscando desesperadamente un "can can" que supuestamente yo pedía en la larga carta a los Reyes Magos. En realidad, yo lo había escrito correctamente, quería un carcaj. Evidentemente para complementar el arco y las flechas que tambián pedía.
Con todo, si querían hacerme realmente feliz, soldaditos, romanos o de la II Guerra Mundial.
En casa empezaba la modernidad. Mi padre compró una estufa de butano, pero al poco tiempo de usarla, supongo que por su mala combustión, mi madre y yo no nos encontrábamos nada bien cuando estaba encendida, así que mi padre se la llevó y en su lugar trajo un frigorífico Westinghouse, una maravilla de la técnica; muchos nos admiraban, teníamos teléfono y "friolítico" (así llamaba mi abuela al frigorífico).
Cómo cambian los tiempos, mi abuela cobraba una pequeña pensión que no cubría sus gastos (y mi padre no le pedía nada), mis hermanos cobraban para sus gastillos (tampoco les pedía nada), mi madre no trabajaba (en serio) y con el sueldo de mi padre, mecánico en la Fábrica de Tabacos, vivíamos los cinco, salíamos al menos una vez cada semana toda la familia a cenar pescadito frito en Baturone (una enorme cervecería), veraneábamos cada año un par de semanas en Cádiz aparte de hacer infinidad de excursiones de un día, teníamos "criada" que solía ser una familiar lejana en régimen de "lo comido por lo servido", algo de "sisa" si no estaba atenta mi abuela y algo los fines de semana para que fuese al cine o así.
Como ahora mas o menos con un sueldo normalito. Dicho sea con sorna.
Sin saberlo, yo ya apuntaba hacia el comunismo, pues cuando mi abuela se ponía exigente con las criadas, yo me ponía de parte de estas, discutía con mi abuela e intentaba que las compañeras criadas no se dejasen avasallar.
En el verano, mi amigo Paquito hizo su Primera Comunión, pero al poco tiempo se mudó con su familia a un barrio lejano. Fue mi primera gran sensación de pérdida; la familia, los amigos, están un día y puede que al siguiente no estén, creo que por primera vez sentí una sensación que nunca me ha abandonado, si en mi mano estuviese haría un bucle temporal para que viviésemos una y otra y otra vez sin que las pérdidas sean nunca para siempre.
El vacio lo llenaron una amiga, Gloria y la amiga de mi amiga, Carmen. Vivían en la casa contigua subiendo por la calle de Jesús del Gran Poder. Gloria saltaba el muro que separaba su terrado del mio.
Me parece que por estas fechas, me dieron permiso en casa para salir "solo" a la calle. Debo decir que el barrio tenía aspectos conflictivos, aledaño a la Alameda de Hércules, zona por aquel entonces con bastantes prostitutas, con un vecino en la calle Jesús del Gran Poder al que apodaban "el Paíti", que había visitado varias veces un correccional de menores, un par de secuaces a los que llamaban "los gemelos" que entre otras cosas se dedicaban al pequeño hurto. Así que en aquel momento me fastidiaba que no me dejasen salir, pero ahora comprendo el por qué.
Pues me dieron permiso, repito, y recuerdo que salí corriendo calle Jesús del Gran Poder arriba gritando desaforadamente ¡Belmonte …!. No por el gran torero, sino porque tenía otro gran amigo, Luis Belmonte García, que se convirtió en mi protector en aquel dificil ambiente.
Me integré en una pandilla, "los de las Lumbreras" y Luís impidió que me gastasen novatadas. Cuando se fueron integrando otros niños, me impuse como acogedor y defensor de los novatos.
Uno de nuestros "pasatiempos" era reunir durante la tarde un gran número de piedras de buen tamaño, algunas de hasta 4 y 6 cm. Al atardecer, los de "Las Lumbreras" nos enfrentábamos a los de "La Capillita" en una "guerrea" (eufemísmo para una auténtica guerra) sin piedad y sin cuartel. Lo normal era terminar con varios heridos.
Sí, de vez en cuando aparecía un "guindilla", un agente de la autoridad, pero era detectado con tiempo suficiente para llegar a un alto el fuego hasta que desaparecía.
La academia donde estudiaba estaba integrada en un grupo al que llamaban Los Javieres. En diciembre tuvo lugar un acto solemne en un cine, donde acudíamos padres y alumnos de todo el grupo y se entregaban diplomas a los alumnos destacados. Sí, tuve un diploma cada año que estuve en la academia, por méritos, aprovechamiento y buena conducta. Méritos puede ser, aprovechamiento a mi aire y buena conducta, rotúndamente no, yo era un niño dificil. Claro que los profesores no podían sospechar que era yo quien con dedicación y paciencia, aserró varios asientos.

1959
El año importante para mí. En Gavá, un pueblo cercano a Barcelona, nacía el 6 de julio, Pepi, Josefa Francisca Esteve Marrugat. Desde ese momento, unos muy complicados engranajes comenzaron a trabajar para unirnos.
Creo que el 29 de julio hice la Primera Comunión.
Durante un tiempo previo, asistí a catequesis. Empecé a hacer preguntas difíciles sobre religión. Yo intentaba "creer", pero era imposible, en mi mente no entraban dioses caprichosos, coléricos o absurdos. Nunca he podido creer. Ciencia sí, superstición no.
Admito que no encuentro explicación a uno o más Universo(s) eternos hacia el pasado. Mi mente humana pide un imposible principio, de la Nada a la materia. Pero mi incapacidad para comprender esto, no me lleva al recurso fácil de un dios creador.
Es una pena, pues los creyentes esperan una vida eterna. Yo en cambio tengo asumida nuestra fugacidad e intrascendencia. Sin embargo, he hecho esfuerzos por trascender mínimamente, me las ingenié para que al menos mi nombre viaje en una Voyager, New Horizons y alguna otra nave, hasta tal vez, cuando ya no haya nadie aquí.
A mi padre le "tocó" una estancia de quince días en una residencia de Educación y Descanso en Cádiz, la Residencia Aramburu, creo que se llamaba.
Era un sitio estupendo, nos asignaron una habitación grande y cómoda, pero nos advirtieron de que no dejásemos nada de comida en ella. Claro que no hicimos caso y al segundo día, el alféizar de la ventana era un manto oscuro y bullicioso de hormigas, capaces de transportar en volandas trozos enormes de comida.
Mis padres hicieron amistad con un matrimonio que llevaban una niña pequeña. Solíamos salir con ellos.
La Residencia organizaba muchas excursiones por los alrededores; recuerdo bastante bien la visita a una bodega de Jerez. Yo tenía nueve años, pero me dieron vino a probar, entonces no era extraño.
Alternábamos playa con paseos por Cádiz y el penúltimo día de estancia, se organizó una fiesta en la Residencia que me ha dejado un sabor agridulce.
Dulce porque habian actividades vistosas como las carreras de sacos, el huevo en cuchara o la patata entre dos, que yo veía por primera vez. Por cierto que mi madre participó con su buen ánimo y patosidad de costumbre.
Agrio porque yo para entonces solía contar chistes con cierta gracia y en una fiesta de escenario, mis padres se empeñaron en que saliese a contar chistes; me entró el miedo escénico y me negué, y como insistían mucho, me inventé una indisposición con lo que me evité el mal trago pero me perdí el resto de la velada. Hasta hace poco no he vuelto a contar chistes.
A la vuelta de las vacaciones, en la Academia San Javier se dieron cuenta de que yo no tenia Libro de Escolaridad, que me lo tenían que haber hecho en el colegio anterior, asi que tuvieron que hacer una "trampichurri" e inventárselo todo.
Yo tenía tan solo nueve años, pero el ambiente pesa y empecé a fumar. Recuerdo que como algo de dinero nunca me faltó, no compré un cigarrillo "normal" (se vendían los cigarrillos por unidades en los quiosquillos de chucherías) sino uno más caro, un Salem (un mentolado). Estaba horrible de fumar aquello, pero había que hacerlo para "ser mayor".
Los amigos me dijeron que el Salem era tabaco de "maricas", con lo cual me crearon un buen "trauma".
Mi padre al trabajar en Tabacalera, recibía cada mes, aparte de su sueldo, varios cartones de tabaco. Él sin levantarse de la cama, encendía su primer cigarrillo del día y cuando terminaba, con la colilla encendía el siguiente. No es extraño que yo fuese tan precoz en fumar.
Tras la primera experiencia con el Salem, compraba por paquetes en un estanco que había en la plazoleta llamada La Pila del Pato. En el estanco no ponían problemas para vender a un niño en aquellos tiempos, muchos padres enviaban a sus hijos a comprarlo.
Decían algunos que la estanquera se había querido suicidar tirándose por el balcón, pero que la amplia falda le había hecho de paracaídas y solo había tenido fracturas de huesos. A mí me daban rabia estas habladurías, ¿cómo podían saber que fue un intento de suicidio? Yo pensaba en un accidente.
En casa estaba como criada (comida y algo de dinero) una pariente Llamada Felisa. Yo le tenía mucho cariño.
También venía la novia de mi hermano Paco, una rubia regordeta que solo caía bien a mi hermano y a mí. Tenía un hermano poco mayor que yo con el que jugaba algunas veces. Un buen chico.

1960
El 7 de enero abrí con 55 pta. mi primera cartilla de ahorros bancaria, en la Caja de Ahorros Provincial de Sevilla.
En la academia hice amistad con un niño llamado Miguel Delgado Jiménez. Por unos años fuimos inseparables.
De resultas de la "trampichurri" de la Academia rellenando el Libro de Escolaridad, me pudieron matricular para hacer el ingreso en el Bachillerato Elemental.
Era un handicap, estudiar en una academia todo el año para luego ir a examinarse como "alumno libre" en el Instituto San Isidoro. Te jugabas el curso a una serie de exámenes ante unos profesores que no te conocían y lo que es peor, de los que el alumno ignoraba qué respuesta esperaban ante determinadas preguntas de examen. A mi, cada mes de mayo hasta que terminé el bachillerato, me supuso una enfermedad.
El 29 de mayo me examiné en la prueba de ingreso resultando apto con un cinquillo.

1961
En mayo fueron los exámenes de 1º de Bachillerato. Todo aprobado pero con cincos y seises. Un seis en Geografía de España y otro ¡en Educación Física! … pues va a ser que yo era más bien enfermizo y poco atlético.
Pero poco antes de los exámenes, había ocurrido algo que cambiaría mi futuro. Mi hermano Jesús, trece años mayor que yo, emigró a Brasil.
Jesús era una persona inquieta, inteligente y muy bueno en su trabajo. Tenía ambiciones de prosperar pero con el freno de una ética que no se podía saltar.
Mi padre estaba muy nervioso, yo confuso y asustado, porque mi hermano decía que cuando estuviese afianzado, nos llevaría con él para vivir todos allí.
Empecé a hacer preguntas y entre otras cosas me dijeron que para emigrar a Brasil, había que hacerse un reconocimiento médico profundo. Como yo fumaba, para entonces estaba convencido de tener cáncer y pensaba que no me dejarían ir con mi familia cuando se descubriese.
Llegamos al 25 de noviembre, un sábado, fue un día de lluvias intensas; al atardecer, yo volvía a casa bajando por la calle Jesús del Gran Poder y la calle estaba inundada hasta el punto de que el agua me entraba en las botas de agua altas que llevaba.
Por la mañana, me levanté temprano y me asomé al balcón. No podía creer lo que estaba viendo, ¡el agua llegaba casi al balcón, en un primer piso!.
Fueron unos dias duros, pero para mí (inconsciencia infantil) muy divertidos. Desde el terrado veía las idas y venidas de barcas trayendo víveres, los helicópteros también lanzando paquetes. Se veían pasar enseres y animales muertos flotando. Y … casualidades de la vida, mi hermano Paco, debía partir hacia Brasil para reunirse con Jesús y no hubo otro remedio que llamar a una barca para que le sacase de casa. Salió en barca para ir a embarcar al transatlántico Cabo San Roque.
La riada duró una semana o tal vez ocho días.
Uno de los últimos días, cuando las aguas habían bajado hasta una altura de medio metro, un camión del ejército pasó a demasiada velocidad y levantó una ola que lanzó contra la pared a un joven que pasaba, magullándole.
Mi madre bajó a auxiliarle, le curó y le dio de comer y ropas. A partir de entonces venía cada dia a por comida, llegando incluso a amenazar a mi madre si no le daba. No se como acabó la cosa, pero supongo que intervino mi padre y se le quitaron las ganas de volver.
En Radio Madrid, de la cadena SER, un popular locutor, Bobby Deglané, organizó la Operación Clavel, una enorme caravana de ayuda a los damnificados por la riada. En esa caravana, muchísima gente colaboró con alimentos, enseres, ropa, etc.
La caravana entraba en Sevilla por la autopista de San Pablo cuando una avioneta con dos reporteros de La Actualidad Española,tocó unos cables y cayó en trayectoria rasante matando a 20 personas, varias de ellas decapitadas.
Debido al tiempo que ha pasado, me tomo la libertad de incluir algo de mal gusto, un chiste que corrió por Sevilla en aquellos días. Los Sevillanos presumimos de hacer chistes de cualquier cosa, incluso de las más trágicas. Pero tened en cuenta de que un buen sevillano, no se ríe con este tipo de chistes, lo cuenta serio con deje andaluz y lo acepta serio como un "no somos nada". Ese es el matiz que muchos foráneos no entienden.
El chiste: Dice que va uno y se encuentra a Bobby Deglané, y le pregunta -¿Cómo estás con lo del accidente? y Bobby responde -¿Que cómo estoy?, ¡que ya puede llegar el agua a Santa Juana, que yo no organizo más caravanas!.
Como aclaración, Santa Juana es el nombre popular que en Sevilla se le da a la estatua o giraldillo que corona la Giralda.

1962
Desde Brasil, mi hermano Jesús, que primero había abierto una tienda de comestibles y después había cambiado por un bar, dijo que nos preparásemos para ir con ellos.
Mi padre se puso muy nervioso. Si dejaba el trabajo en Tabacalera, ya no podría volver. Con todo, empezó a hacer los trámites para irnos. No soportaba que la familia estuviese tan separada.
Mi amigo Miguel era lo que ahora llamarían bipolar. Tan pronto estaba alegre y jovial, como se volvía peligrosamente agresivo. Si jugábamos con espadas de madera y yo iba ganando, se le inyectaban los ojos en sangre y lanzaba golpes dañinos. Había que dejarle hasta que se le pasaba.
Cierto día nos estábamos tirando pequeñas piedras junto al río Guadalquivir. el en lo alto de un talud de protección para riadas y yo abajo, en la vía del tren. De pronto, en lugar de una piedra pequeña, me lanzó con buena puntería una piedra del balasto de la vía del tamaño de un puño y me abrió la cabeza. Volví a casa empapado en sangre.
Enfrente de nuestro piso, estaba el del Teniente Coronel al mando del cuartel. Tenía un hijo con el que hice amistad. Hasta que cierto día, me dejó un fuerte que me gustaba muchísimo. Desde entonces, yo le rehuía para no devolverselo. Lo tuve muchos meses, pero al final, la conciencia me pudo y se lo devolví, con gran vergüenza. Con todo, perdimos la amistad.
1962 fue mi primer año horrible, en los exámenes de junio suspendí tres asignaturas, curiosamente, Lengua Española, Geografía Universal y Matemáticas, aunque las aprobé en septiembre.
En Lengua y Geografía, no sé qué me pasó, pero con las Matemáticas, recuerdo que don José, el director de mi academia fue a explicarle al director del Instituto que yo no hacía operaciones en la hoja del examen no porque copiase, sino porque casi todos los cálculos los hacía mentalmente. Me contó don José, que tenía amistad con el profesor del Instituto, que juntos habían repasado los exámenes y en un problema trampa en el que todos habían fallado, yo daba el resultado correcto. Aunque me había suspendido porque pensaba que había copiado, no podía rectificar la nota.
Acababa el verano y un día compré un buen cargamento de petardos. Con Miguel y otros de la pandilla nos fuimos a explotarlos a la Alameda.
Al cabo de un rato, oí los gritos de una señora. Le habían tirado un petardo y le habían ardido las medias de nylon.
Pasó un buen rato y como suelo estar muy al tanto del entorno, observé que por el centro de la Alameda subía como paseando, un Policía Armada. Por la acera de la derecha, a su altura, subía otro, y un tercero por la acera izquierda.
Se lo indiqué a Miguel. -Esos polis vienen a por nosotros-
Miguel no me creyó, hacía rato que se habían acabado los petardos. No me quiso seguir y yo me fui a dar un paseo.
Cuando bastante después volví a casa, mi madre estaba llorando, había venido la policía a buscarme y teníamos que ir a comisaría.
Cuando llegamos le dije que me dejase hablar a mí. Un comisario me interrogó preguntándome se había estado tirando petardos. Con mi cara más inocente, dije que no, lo cual en realidad no era mentira, yo solo suministraba y ciertamente, nunca se me habría pasado por la cabeza tirarselos a personas.
Al cabo de un rato, llegó la señora que había presentado la denuncia, le pidieron que me identificase y afortunadamente, dijo que yo no era el agresor.
Habían detenido a Miguel, el cual les había dicho que era yo el de los petardos. Como consideraron que Miguel me había inculpado falsamente, le dieron un par de bofetadas y le pusieron una multa. Dejó de hablarme durante un tiempo.
Ya he mencionado a mi amiga y vecina Gloria.
Mi madre y mi abuela despreciaban a Gloria. Durante un tiempo, mi amiga tuvo alguna infección que le inflamó los labios. Mi madre me dijo que eso le pasaba por "meterse cosas que no debía en la boca". Yo sabía que quería decir que hacía felaciones, algo que por supuesto no era cierto. Mi enfado fue tan enorme que le di un puñetazo a uno de los vidrios de la puerta que comunicaba el comedor con la cocina. Aún conservo la cicatriz en la mano izquierda, 57 años después.
En septiembre, don José Fortuny, que además de socio propietario de la Academia, era director del Hospicio de Sevilla, nos llevó al Hospicio a sus tres alumnos más aventajados, Eduardo Patiño Moya, el hijo de don Eduardo, José Enrique Martínez Guerrero y yo.
El primer día llegué al Hospicio puntualmente (como siempre) y tuve que esperar a don José. Él me guió por los pasillos. En uno de los pasillos, un montón de manos y unos murmullos guturales salían de una reja. Eran los sordomudos. Intentaban tocar a los que pasaban.
Los pasillos desembocaban en un gran patio de cemento con dos porterías de fútbol. A la izquierda, un largo soportal con dependencias y en el piso de arriba, las clases.
Cada día había que formar a primera hora, cantar el Cara al Sol y después don José lanzaba los gritos de rigor:-¡España!, a lo que había que contestar ¡una!, ¡España!, insistía, ¡grande!, otra vez, ¡España!, ¡libre!, ¡Viva Franco!, ¡víva!, ¡Arriba España!, ¡arriba!. Yo como buen rebelde, permanecía en silencio, hasta que semanas después, cuando cogí confianza, un día …
¡España!, ¡una!, esta vez sí contesté. ¡España!, ¡dos!, don José titubeó como si no hubiese oído bien, los niños del Hospicio que estaban a mi alrededor se separaron ostensíblemente, pero por inercia, don José continuó, ¡España!, ¡trés!. ¡Alberto, sal de la fila!. Desde entonces, durante el ritual de primera hora me tenía junto a él, en silencio.
Pronto hice amistad con los niños del Hospicio. Para ellos éramos "los de la calle", una especie de semidioses. Había un niño con el que hice más amistad. Tenía asma y me explicaba las crueldades de las monjas y los bedeles, algunos de los cuales, abusaban sexualmente de niños.
También un día me acerqué a los sordomudos y estreché sus manos, se armó un gran revuelo y me esperaban cada día. Hacían un gesto señalándose a sí mismos, después a mí y extendían las dos manos cerradas al frente salvo los índices extendidos que chocaban entre sí. Luego supe que significaba: tú y yo, amigos.

1963
Comenzaba la primavera cuando mi amigo Miguel me dijo que podíamos ir con otros amigos suyos de excursión a la Algaba, un pueblo a unos diez kilómetros de Sevilla.
Me pareció bien la idea, cogí merienda y fuimos a la Algaba en autobús.
Dimos una vuelta por el pueblo y después fuimos a las afueras. Eramos un grupo numeroso, tal vez una docena.
Nos tumbamos en un prado junto al camino para descansar. Al cabo de un rato, uno empezó a masturbarse, después otro, y al final, casi todos. Yo estaba perplejo y azorado. Pensé que si en aquel momento pasaba alguna mujer por allí, aquellos bárbaros serían capaces de cualquier cosa. Me fui sin siquiera decírselo a Miguel. No cogí el autobús, regresé caminando, más de dos horas.
Era muy tarde cuando cerca de mi casa, en la Pila del Pato, vi a mis padres que asustados, iban a casa de Miguel para ver si sabía algo de mí.
Mi padre nunca me pegó, pero aquel día levantó una mano amenazando con hacerlo. Yo que me sabía con motivos para llegar tarde, avancé un paso retándole. La cosa quedó ahí.
El tercero de bachillerato me fue bien, todas aprobadas. Un notable en Formación del Espíritu Nacional, la asignatura franquista por exceléncia. A decir verdad, jamás he tenido ningún pensamiento remotamente nacionalísta.
En la vida me han pasado cosas extraordinarias. Ahora explico la primera parte de lo más extraordinario que me ha pasado.
Era el 15 de noviembre de 1963.
Con un amigo fuíi de excursión con bicicletas a la esclusa de Sevilla.
Mientras contemplábamos el paso de un carguero, el Export Ambassador, un marinero nos gritó algo en un idioma que desconocíamos, después desapareció unos minutos para volver con algo en la mano y tras hacer gestos de que nos lo iba a lanzar, así lo hizo. Le saludamos y el barco acabó sus maniobras en la esclusa y siguió rumbo a Sevilla.
Nos había lanzado un frasco que contenía unos frutos secos que no conocíamos, con cáscara dura abierta y frutos verdes con cascarilla dentro. Mucho después supimos que eran pistachos. Dudábamos sobre comerlos y decidimos ir a pedir consejo a un amigo común.
Volvíamos hacia Sevilla y al cabo de un rato paramos a tomar un respiro junto a una casetilla.
Aquí tuve uno de mis extraños pensamientos. En concreto pensé:
Cuando sea mayor, dentro de muchos años, recordaré este momento y este pensamiento, este es un mensaje que me envío a mí mismo, si fuese capaz de recrear todo esto, sería como viajar en el tiempo.
Por supuesto, cuando llegamos poco después a Sevilla y llevamos los extraños frutos a José Enrique Martínez Guerrero, ya me había olvidado por completo del extraño mensaje.

Nunca más me acordé hasta el 19 de marzo de 2018.
En casa ya estábamos preparados para irnos a Brasil, tan solo faltaba que mi padre pidiese la baja en el trabajo.
Pero Jesús llamó por teléfono, -¡No hagais nada!, Paquito se ha embarcado como polizón y va para España.
Desesperación en casa. Mi padre, que era ateo, me pidió un día que le acompañase a la iglesia y se puso a rezar. Creo que hasta prometió algo ¿no sé a quien?, si Paco regresaba sin problemas.
Lo que había ocurrido se resume mas o menos así:
Mis hermanos llevaban el bar. Un día, una mafia local les pidió que pagasen "protección". Paco pagó, pero cuando se enteró Jesús, se negó a pagar. Las cosas se pusieron cada vez peor hasta que finalmente, tuvieron que vender el bar. Pero el comprador, sabedor de sus problemas con la mafia, no quería pagar. Un día, mis hermanos le esperaron y poniéndole una pistola en cada lado, le llevaron al banco a por el dinero.
Tras esto, Paco se metió a escondidas en un barco y se vino.
Jesús mandó el aviso para que no fuésemos y tras arreglar algunos asuntos, regresó unos meses después.
En cuanto a Paco, se presentó al capitán cuando estuvieron en alta mar. Le dieron una ocupación a bordo y le desembarcaron en el primer puerto, en Canarias.
Allí trabajo un poco hasta reunir el dinero del pasaje a la península.
En septiembre reemprendí las clases en el Hospicio.
Yo había recorrido sin permiso, todos los pasillos y recovecos del edificio, así había descubierto un infecto trastero con una puerta que daba al exterior justo en la parte de atrás y que acortaba el camino a mi casa considerablemente. Con una cuerda hice un tirador para poder abrir desde fuera, muy disimulado. Desde entonces, entraba y salía por allí. Lo malo era que entrando por allí, tenía que pasar por la zona de las niñas. Yo daba rodeos para que no me viesen, pero un día, una niña me vio. ¡Un niño!. gritó. Y se armó una barahunda de mil demonios.
Las monjas estaban enfurecidas. Se quejaron a don José.
Jesús había traído de Brasil algunos regalos. Un calentador de agua para ducha directo, sin depósito, Mielita, creo que se llamaba. Regalos para todos y creo que de pronto se dio cuenta de que a mí no me traía nada, porque tras un titubeo, me dio un anillo con un rubí. Para un dedo grandioso. Tiempo después, mi madre se lo apropió y solo lo recuperé a su muerte. Es un recuerdo de mi hermano.
También trajo Jesús varias bebidas alcohólicas de fuerte graduación, como Fogo Paulísta o Tatusinho, revistas de mujeres en traje de baño y algunos libros en portugués que me apresuré a leer. O garoto era um assesino, A lei quer que eu morra y otros que no recuerdo.

1964
Comienza mi segundo año horrible, los dos siguientes, también lo serán.
Paco emigró a Zürich en Suiza, contratado en España. El trabajo era en una mina, trabajaban muchas horas, estaban recluidos en barracones sin poder salir del recinto de la mina y buena parte del salario debían usarlo en compras a la propia empresa.
Pudo volver al cabo de unos meses y recaló en Madrid, donde encontró un trabajo magnífico, como chofer de un encumbrado personaje.
Entre otras cosas, de tanto en tanto, tenía que hacer un viaje a Valencia, donde le cargaban el maletero con paquetes de tenía que llevar de vuelta a Madrid. Hasta que descubrió que era droga y se volvió para casa.
Trapicheó como barman y otras cosas hasta que por influencia de mi padre, pudo entrar en Tabacalera, de donde ya solo salió tras jubilarse.
En cuanto a Jesús, enseguida encontró trabajo, era un fresador muy cotizado. Tanto, que en cuanto algo no le gustaba en la empresa en que trabajaba, pedía la cuenta y se iba a otra en mejores condiciones.
Finalmente, se fue a Barcelona.
En este año se empezaron a entregar las llaves de las viviendas de protección oficial del Polígono de San Pablo. Se estaban construyendo miles de pisos en Sevilla más que nada, para paliar los efectos de las riadas. A una sobrina de mi abuela, Josefa Gala Romero, le adjudicaron uno de aquellos pisos. No llegó a ocuparlo, enferma fue a Vilanova i la Geltrú en Barcelona, donde murió el 18 de octubre, con 37 años. Dejaba tres hijos, el mediano con bastante discapacidad intelectual y la menor, también, aunque algo menos. Mi madre quería adoptar a la niña para que la cuidase cuando fuese mayor. A mí me daba rabia que ese fuese el motivo. Les cogí cariño a los tres.
La hermana de mi abuela en Vilanova i la Geltrú se hizo cargo de ellos. Como no ocupaban el piso, yo cogía de tanto en tanto las llaves a escondidas y me pasaba allí mañanas enteras, leyendo, meditando o escuchando música.
Creo que en 1966, mi hermano Paco y mi cuñada, Dolores Lagares Cruz, ocuparon el piso, hasta que la familia de Vilanova lo reclamó y mi hermano y cuñada vinieron a nuestro piso en la calle Ventolera. Pero eso aún no toca explicarlo.
En el Hospicio, mi amigo, el del asma, cada vez era mayor problema para los bedeles. Cuando sufría una crisis nocturna, no les dejaba dormir.
Un día, dijeron que se había puesto la almohada sobre la cara y había muerto asfixiado.
Para mí, lo habían asesinado. Me fui a llorar a la clase, aquel día no se daría lección y estaba vacía. Estaba tan rabioso que cogí un gran crucifijo que había sobre la mesa de don José y lo lancé por la ventana que daba a un patio trasero.
Las monjas berreaban. Don José me preguntó si había sido yo y le dije que sí, pero él no les dijo nada a las monjas. Era un hombre inteligente, me apreciaba y casi me entendía. Él no me delató, pero me envió de vuelta a la Academia.
Empecé a tomar bebidas fuertes del mueble bar de casa. Aguardiente, coñac, Licor 43 …
Así las cosas, en los exámenes a final de mayo, Religión, un 3; Latín, un 2; Lengua española, un 3; Matemáticas, un 1; Física y Química, un 1.
Aprobé las cinco asignaturas en septiembre, don José quería que hiciese la reválida y siguiese con el bachillerato superior. Yo sabía que era muy bueno aprendiendo cosas, pero a mi aire, lo que me interesaba en cada momento y dejando lagunas para rellenar más tarde. Don José sabía que lo mismo en clase de Historia, el libro que yo estaba leyendo era el de Física y Química. Él no me corregía porque confiaba en mí, pero yo sabía que así no me iría bien en bachillerato superior.
Entre don José, mi padre y yo, llegamos a la conclusión de que tenía que continuar estudios en la Escuela de Comercio para Perito Mercantil. Era la Escuela Universitaria de Estudios Empresariales. Yo estudiando ¡Empresariales!, un sinsentido.
Me matriculé y allá que fui, tras aprobar el ingreso el 15 de septiembre.
En la Escuela de Comercio, la enseñanza era mixta, algo novedoso para mí.
Conocí a mi gran amigo Enrique Castellano Bonnin. Él vivía en la Alameda, cerca de mi casa, nos hicimos inseparables.
En su grupo de amigos, conocí a otros grandes amigos, Jesús González Godino y José Mª Herrera Valencia. Formamos un grupo tan leal como peligroso.
Al poco tiempo de empezar en la Escuela de Comercio, empezamos a hacer huelgas por diferentes motivos.
Una de ellas fue para ¡reclamar Gibraltar español!. El consulado británico estaba a una manzana de la Escuela y los estudiantes exaltados, nos fuimos en tropel, entramos al patio del consulado. El Cónsul, Míster Compoluto, un hombre de curiosa anatomía, bajaba las escaleras asustado. Armamos un poco de alboroto y nos disolvimos cuando vino la policía.
Entre huelga y huelga, habían clases. Yo también recorría todo el edificio, colándome por todas partes. En el piso superior, me encantaba el desaprovechado laboratorio, lleno de tubos de ensayo, probetas, pipetas, buretas … mucho material aún envasado acumulando polvo.
Llevaba poco en la Escuela pero ya era conocido. Más cuando un día, en clase de francés, asignatura que impartía la hija del director, ella hizo una pregunta: Je suis une fille ou un garçón?, (¿yo soy una chica o un chico?).
Después me miró, -Alberto-
Volví en mí de golpe. Me había hecho una pregunta y yo no estaba atento del todo.
Atropelladamente contesté -Je suis une fille, (yo soy una chica). Inmediatamente, la clase estalló en risas y yo me puse colorado como la sangre. ¡Tierra, trágame!.
Otro día, antes de entrar, también a francés, me fumé un puro. Yo no sabía que los puros se fuman sin tragar el humo. Cuando entré en clase, todo me daba vueltas, me puse de un color verde subido. La profesora me preguntó -¿te encuentras bien, Alberto?- tuve el tiempo justo para salir y vomitar.
En cambio, en la clase de religión, me iba muy bien, en 1965, terminando el curso, venían incluso alumnos de otros cursos para escuchar los debates que manteníamos el sacerdote profesor y yo. Él estaba encantado, nunca su clase había tenido tanto éxito. Y eso que a menudo le ponía en tan dificil tesitura que dejaba el contestar a alguna de mis preguntas o afirmaciones para cuando se hubiese documentado.
Preguntas del tipo:-Si dios es omnipotente, ¿puede hacer que lo que ha existido no haya existido?.
Los números de teléfono de Sevilla, que tenían cinco cifras, pasaron a tener seis. Todo el mundo daba su número de teléfono y añadía:-con el dos delante-
Con Enrique, muchos días nos saltábamos las clases y nos íbamos a jugar al chapolín (una especie de billar americano) a un local grandioso en la calle Sierpes.
Un día Enrique me dijo que conocía una cueva en Alcalá de Guadaíra y allí nos fuimos caminando. La cueva resultó ser una mina artificial en la que entramos reptando. Un sinnúmero de arañas me entraron por la espalda. Yo tenía interés por las cuevas desde que había visitado la Gruta de las Maravillas. Pensé en continuar con las exploraciones subterráneas.
Hicimos un grupo con otro compañero de la Escuela de Comercio, creo que se apellidaba Narbona Narbona.
En una ferretería compramos "clavos para clavar sobre el terreno". Lo que queríamos eran clavos de escalada, pero nos dieron unos grandes clavos de albañilería y con eso nos apañamos.
En el Aljarafe, hicíimos prácticas de escalada en una pared terrosa que se desmoronaba. Cuando me tocó el turno, el clavo se desprendió cuando estaba a bastante altura y tuve que terminar de subir, muy asustado, sin ningún seguro y con mi eterno vértigo.
Con Narbona y Enrique, fuí un día con bicis, a Albaida del Aljarafe. Estábamos tomando medidas de la torre medieval de Don Fadrique porque creíamos que tenía que haber un conducto secreto. Un chico nos observaba a cierta distancia, hasta que se fue. Volvió al cabo de un rato con un numeroso grupo a los que decía:-Estos son los que quieren tirar la torre-
Yo les dije a mis amigos que debíamos irnos antes de que la cosa se pusiese fea. Enrique me hizo caso, pero Narbona se quedó.
Bajamos unos kilómetros con las bicis y nos detuvimos a esperar a nuestro amigo. Al cabo de un rato, pasó por delante de nosotros con un ojo amoratado. Nunca nos volvió a dirigir la palabra.
Las basuras dejaron de ser recogídas directamente del cubo y había que depositarlas en bolsas. Hasta entonces, cada noche bajábamos el cubo con la basura a la puerta de casa y muy temprano, al amanecer, pasaba el carro que la recogía. Había que vaciarla en el carro, pero la nuestra, la vaciaba el empleado de la limpieza. Cada mes, mi padre les dejaba, debajo del cubo, una pequeña remuneración por el trabajo.
Mi hermano Jesús, se fue a Barcelona.

1965
Una gran innovación, las conferencias telefónicas ya podían hacerse directamente, creo que marcando el 009, sin pasar por la telefonísta.
Hasta ahora, llamabas a la central:-¿Qué conferencia desea?-
-Póngame con el 2060 de La Rinconada-
-No se retire, le pongo-
Algunas conferencias tenían demora. Las internacionales hasta de varias horas.
Las telefonístas solían escuchar unos segundos para comprobar que se hablaba sin problemas. A veces, algunas escuchaban toda la conversación. En muchos pueblos, la telefonísta lo sabía todo de todos.
Entre huelgas, billares y excursiones, el curso no ina nada bien. Recuerdo que un día que asistí a una clase de Matemáticas, después de mucho tiempo de faltar, el profesor pasaba lista:-XX … ¡presente!, XY … ¡presente!, Alberto Jimenez … ¡ah, este no! … ¡presente! … ¡hombre, Alberto!, ¿tú por aquí? Además, yo era consciente de que los pequeño burgueses que estudiaban conmigo, podían permitirse perder un curso. En mayo no me presenté a Literatura española, Geografía económica, Matemáticas, Inglés y Educación física. En las que me presenté, aprobé.
Como ya era consciente de que no podía seguir allí, ¿qué pintaba yo en una carrera mercantil?, siendo contrario al concepto de beneficio. Así que pedí el ingreso en la Hispano Aviación para estudiar como delineante.
En la Hispano, mi hermano Jesús había dejado un inmejorable recuerdo. Un tal señor Rueda, un cargo relevante, había sido su mentor y lo intentó conmigo.
Con mis amigos Enrique, Jesús y José Mª, formamos un grupúsculo al que llamamos Organización Nacional Socialísta Española.
Tengo que aclarar esto, yo leía asíduamente cómics de Hazañas Bélicas, donde los americanos eran siempre buenísimos y los alemanes, malísimos.
Después veía la realidad, cuando oleadas de soldados americanos de las cercanas bases de Morón y Rota venían a Sevilla, trataban a todas las mujeres como si fuesen prostitutas. Destrozaban bares con sus peleas y cualquier ciudadano podía salir malparado si se cruzaba con americanos borrachos.
Yo razonaba así: si los americanos aparecen como buenos y son malos, los alemanes, deben ser los verdaderamente buenos. Simple, ¿verdad?.
Con el tiempo, al menos tres de nosotros evolucionamos hacia la izquierda, dos incluso hasta la extrema izquierda, y el cuarto, seguro que también aunque perdimos el contacto.
También debo decir que ante los razonamientos de un amigo al que conocería algo después, en la Hispano, Casimiro, primero empecé a negar el holocausto y cuando ya me resultó imposible negarlo, decía que Hitler no sabía nada del horror de los campos de concentración. Y cuando volví a la vida después de morir, el nazi no regresó, pero eso aún no toca, es de 1966.
Por cierto, el 27 de junio, el termómetro marcó en Sevilla 45,2º a la sombra, máximo en España en aquellos momentos.
En septiembre me examiné de las cinco asignaturas que faltaban en la Escuela de Comercio. Por supuesto, no había estudiado nada. Aprobé Matemáticas y suspendí el resto.
Empecé a ir a la Hispano Aviación. Iba en bicicleta, la dejaba en un soporte vertical junto a docenas de otras bicis y entrando al edificio, debía atravesar el taller, donde estaban los aprendices de fresa, torno, etc. después subía una escalera diáfana y entraba en la larga sala con mesas de dibujo donde estudiábamos los proto-delineantes.
Cuando los del taller me detectaron como nazi, debía pasar (altivo) entre ellos escuchando imprecaciones y amenazas. Una vez en la escalera, me volvía y saludaba brazo en alto.
La escena se repetía a media mañana cuando traían un carro con bocadillos y bebidas y yo bajaba a comprar.
Conocí a un amigo entrañable, Casimiro Fernández Estévez. Él se hacía llamar Juan Carlos, pero yo insistía en su nombre. No hay nombres feos.
Durante un par de meses, luché contra los borrones de tinta en la última línea por trazar de los dibujos. Después Casimiro y yo, descubrimos que podíamos fichar la entrada, salir por una gran ventana descolgándonos hasta un contrafuerte del edificio, para desde allí volver a descolgarnos hasta un pasillo que nos llevaba a la calle. Más excursiones y paseos. Incluso a la cueva de Alcalá de Guadaíra.